Depresión en el adulto mayor

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El cuidado de una persona mayor con depresión puede ser muy estresante, sobre todo teniendo en cuenta que la preocupación principal es que pueda tener ideas y pensamientos suicidas o, peor aún, que los llegue a materializar. Por esto, el cuidador debe conocer en detalle las generalidades de esta condición, particularmente los riesgos, síntomas y tratamientos, así como las diferentes medidas que se pueden instaurar ante una situación dada.

La depresión es un trastorno del ánimo que se caracteriza por sentimientos de tristeza, pérdida, rabia y/o frustración que impiden que las personas desarrollen de manera normal sus actividades de la vida diaria. En los adultos mayores es una enfermedad común, pero es más difícil de diagnosticar y manejar porque sus síntomas pueden ser un poco diferentes con respecto a los que caracterizan la depresión en personas más jóvenes.

La depresión en los adultos mayores puede tener múltiples causas. Desde enfermedades como el Parkinson, el Alzheimer, un accidente cerebrovascular, el cáncer, la diabetes o enfermedades del corazón, hasta situaciones de la vida propias de esta edad, tales como la pérdida de la independencia, la muerte de una persona cercana, la partida de los hijos y la jubilación, pueden contribuir a que se desarrolle una depresión.

Lo primero que debe tener en cuenta el cuidador es que la depresión es una condición que no depende de la voluntad de la persona, por lo que no se lo debe culpar, ni tampoco exigir ni reclamar, por encontrarse en este estado.

Pero, ¿cómo saber si un adulto mayor tiene depresión?

Es difícil sospechar esta condición en este grupo, porque no suele manifestarse tan claramente. Un cuidador puede sospechar la enfermedad cuando nota que la persona se encuentra más cansada de lo usual, tiene dificultad excesiva para dormir, no come ni tiene apetito, está agitado, irritable o con rabia; si quiere estar aislada o si expresa sentimientos de culpa, inutilidad y odio hacia sí mismo. Otro síntoma de que algo está pasando es la pérdida del interés por actividades que antes realizaba, así como los pensamientos de muerte o de suicidio.

Ante la sospecha de depresión en un adulto mayor, principalmente se debe descartar una enfermedad que la esté causando. Si existe una enfermedad como las mencionadas arriba, se debe instaurar un tratamiento para esta y también para la depresión. El tratamiento lo instaurará un médico y el cuidador deberá velar porque la persona cumpla con los horarios y las dosis tal cual y como se las prescriben.

Es importante que el cuidador sepa que preguntarle a la persona si ha tenido pensamientos suicidas, es decir, si quiere acabar con su vida o morirse, no hará que la persona empiece a pensar en ello, si no lo tenía en mente. Por el contrario, permitirá que se establezca un diálogo al respecto y se detecte a tiempo este riesgo. Estos pensamientos son más frecuentes en los hombres, especialmente en aquellos que han enviudado o están divorciados, pero las mujeres no están exentas. Ante la presencia de este tipo de ideas, es importante que el cuidador fomente que la persona consulte y busque ayuda.

Finalmente, el cuidador puede motivar y fomentar hábitos que aportan a una sana evolución de la depresión, como el ejercicio, una dieta sana, cultivar relaciones positivas con amigos o familiares y adoptar hábitos de sueño saludables. También debe ayudar a que el adulto mayor evite el consumo de alcohol, cigarrillo y drogas ilícitas, que pueden empeorar el riesgo de depresión.  

Escrito por: redacción Avances en Salud, Editores Académicos SAS. Septiembre 2016.

Referencias:

  1. Mental Health America. 2016.
  2. National Institute of Mental Health. 2016.